miércoles, octubre 19, 2005

Mis Celáneas (I)

Hoy no tengo intenciones ni ganas de apabullarlos con una larga historia. Sólo son cosas que (se) me ocurrieron a lo largo del día y que quería compartir. 1. Mi mamá me mandó esta mañana un mensaje de texto preguntándome algo. Yo le respondí. A su vez, ella me contestó lo siguiente: Regio. Un fenómeno, mi mamá. 2. El jacarandá que se ve desde el balcón de esta casa, la de Robert, ya está echando hojitas. La última vez que lo miré con atención estaba pelado. Y no fue hace mucho. 3. Mi gata Katrina, amante de los mapas, como su dueño. Recostada sobre Carhué y Salliqueló. 4. Otra vez mi mamá. De mi Diario de sueños, entrada del 14/06/2004: caminaba por los subterráneos de Londres, embargado de alegría. En cierto momento me asomaba a los techos abovedados de los túneles y miraba hacia el horizonte. Me daba vuelta y estaba la barandilla de un puente. A lo lejos cruzando el río vi, un punto, a mamá. Estaba a mucha distancia, pero oí bien clarito sus palabras: Marce, bajate de ahí que te vas a caer. 5. Sí, ya sé, está en el sidebar, pero por favor no dejen de pasar por Infiltration.org. 6. La foto no le hace justicia al color bermellón de este vino. Ni se imaginan el sabor. De Bodegas El Portillo, rosado de malbec. Mañana vuelve, a pedido del público (bueno, de mis amigos) un ciclo que hizo historia hace muchos años: Jueves Poesía. Nos vemos.

martes, octubre 18, 2005

"et le temps est venu de juger les morts" (Apocalypse, 11:18)

Son las nueve menos veinte de la noche y acabo de llegar. Hago estas referencias de cronómetro porque acabo de llegar de una charla en la Sociedad Científica Argentina sobre Viajes en el Tiempo. No me miren así. Éramos más de cincuenta los congregados en el auditorio Florentino Ameghino, donde un escenario enorme quedó tapado por un telón negro como la noche para que sólo pudiéramos ver un escritorio. Allí estaba sentado el el ingeniero Claudio Sánchez, cuyo currículum incluye haber escrito en Humor y Juegos y la publicación de un libro llamado Física Mente. (Yo lo había visto en el hall, mientras esperábamos para entrar, y no me había llamado la atención. También andaba dando vueltas como fiera enjaulada un pibe de remera azul sin mangas y pelo largo, de unos veinte años, que me chocó en la puerta y que más tarde tendrá protagonismo inaudito). La conferencia arrancó con unas consideraciones físicas: el viaje en el tiempo, no se olviden de ésto, no viola ninguna ley física fundamental. A mí me quedaron ciertas dudas, pero me las guardé. Fui a escuchar, no a mostrar lo que yo sabía. Otra: las leyes de la física son simétricas con respecto al tiempo. No hay una obligación de la dirección en que éste transcurre, para los fenómenos físicos. De modo que si uno ve una filmación de un crepúsculo, no hay forma de determinar si estamos viendo una puesta de sol o la salida pero pasada al revés. El ejemplo no es muy feliz desde mi punto de vista pero es lo suficientemente gráfico. Después de aclarar que no se iba a meter en terrenos inhóspitos para no confundir a los no iniciados, Sánchez señaló que las ecuaciones matemáticas aseguran que es altamente posible que una partícula que entra en un agujero negro salga de él en un momento anterior. Como siempre, la matemática supera la realidad; pienso en mis queridos números complejos y me emociono. Luego empezó con lo que sería el núcleo de su charla: las citas literarias y cinematográficas. Agotó todos los lugares comunes: Volver al Futuro, Terminator, los cuentos de Frederic Brown. Lo mejor (tome nota PdI) fue cuando citó el Especial de Halloween de los Simpsons, aquel memorable episodio en que Homero construye una máquina del tiempo con una tostadora y viaja al pasado, siempre pensando en que no debe cambiar nada (tal como le dijo Abbe J. Simpson el día de su casamiento: “Hijo mío, si alguna vez viajas al pasado, no debes matar ningún animal ni alterar nada”), pero claro, mata un mosquito y varios dinosaurios. Luego regresa al presente y por supuesto, todo se ha modificado... Otras citas fueron de El Túnel del Tiempo (al demonio la paradoja temporal, alteremos todo que se acaba el mundo) y de la extraña novela de Asimov El fin de la eternidad, el número 1 de la colección de ciencia ficción de Hispamérica en los 80, inolvidables tapas azules y letras plateadas. La charla se hizo un poco más erudita cuando habló de Borges y la flor que Coleridge puso en la almohada del soñador, y la otra flor, la que el protagonista de La máquina del tiempo trae de un lejano futuro. Y también, la que a mi juicio es la más hermosa de las paradojas, que ya veo que sólo paradojas produce la literatura con respecto al tiempo: la llamada de la “energía creadora”. Se trata de que alguien viaja al pasado interesado en una obra artística y de alguna manera contribuye a la creación de esa obra. El ingeniero habló de un tal Morniel Mathaway, pintor, que se entera de que es famoso en el futuro por un crítico del siglo XXV que lo visita en su taller gracias a una máquina de tiempo. El pintor viaja al futuro para vivir la gloria en carne propia y el crítico termina pintando sus cuadros, según el argumento creado por William Tenn. A ésto yo le añadiría la fabulosa novela Las puertas de Anubis, de Tim Powers, donde un especialista en el poeta William Ashbless viaja al pasado y termina escribiendo él mismo los poemas de Ashbless; él es Ashbless, y también él crítico. Habían pasado cuarenta minutos de esta introducción literaria que, sin ánimo de cancherear, yo también podría haber hecho, cuando las cosas se pusieron más científicas. La baqueteada teoría de la relatividad tiene entre sus consecuencias el que si un objeto está en movimiento en un sistema de referencia, el tiempo transcurre distinto con respecto a otro objeto que permanece quieto. Esto se calcula con unas sencillas ecuaciones llamadas transformaciones de Lorentz y el efecto es tanto más apreciable cuanto más se acerca el objeto a la velocidad de la luz. No es chamuyo: si le creemos a Sánchez, se ha comprobado en aviones a reaccíón. Son diferencias de fracciones de segundo, pero igual existen. Y luego llegamos a otra abstracción matemática, la tan mentada Cuarta Dimensión. No deberíamos, afirmó el ingeniero, confundir dimensiones geométricas con dimensiones algebraicas. Por ello, si el tiempo es una cuarta dimensión, no es otra dimensión espacial agragada a las tres conocidas. No hay manera de moverse libremente en ella. La charla “normal” terminó cuando Sánchez dijo que la única manera que la ciencia reconoce como de viaje en el tiempo, y que no está en contradicción con las leyes físicas, es la de retorno de la entropía, de retornar a un sistema a un estado anterior. Eso sería un viaje al pasado fácil de realizar. Hasta aquí, todo previsible, dentro de un marco de tranquilidad, en el que muchas cabezas calvas y barbadas asentían a cada afirmación del científico. Pero en ese instante dio comienzo la tanda de preguntas. ¿Se acuerdan del flaco de remera azul? Estaba sentado muy cerca mío. Y levantó la mano. Y habló. Y contó, sin ningún pudor y en voz muy alta, cómo él había viajado en el tiempo durante un crucero por el Amazonas. Cómo había descubierto que en un lugar cuyo nombre no entendí existía un pliegue del espacio tiempo y allí era posible viajar al pasado y al futuro, es cierto que involuntariamente. Hablaba el flaco y la gente lo miraba con ojos enormes. La mujer que estaba sentada a mi lado me susurró “Pero este pible está chapita” y el resto del público no ahorraba las sonrisas. El flaco había visto a su hermana ya fallecida, a sus primos, a toda su familia, en carne y hueso. Había vuelto para contarlo. Y aseguró que en ese lugar, donde el tiempo hace remolinos, si uno gira para la derecha va al futuro y si gira para la izquierda va al pasado. Le preguntaba al conferenciante si creía que ésto fuera posible. ¿Cómo responder? El moderador de la charla -que había presentado a Sánchez, al comienzo- lo mesuró al flaco con educación. Lástima. Las preguntas que siguieron fueron más aburridas, y tenían que ver con el determinismo y la imposibilidad de la negación de la entropía. Un par de conceptos finales de Sánchez. No hay máquinas del tiempo, porque si no estaríamos llenos de turistas del futuro. Y cómo sabemos que los hay, no lo sé. Lindo tema para una novela. También, que las paradojas temporales rompen nuestra noción intuitiva del transcurso del tiempo en un solo sentido. Como si las nociones intuitivas siempre fueran ciertas. Conclusión, triste (como siempre): viajar en el tiempo, como lo imagina la literatura, es imposible para la ciencia actual. Esa chica que ayer te besó y hoy te odia, no volverá a besarte jamás. Los muertos no volverán a levantarse. Nada secará esos árboles que tocó la tormenta. Decir que la memoria es la única forma de volver, es una salida fácil, pero también cierta. Lo que no te evita, la memoria digo, es el dolor. Terminó, llegó -siempre llega, el tiempo siempre te alcanza, el río siempre se inunda- el final. Podría haber hecho buenas migas con cercanas señoras, en particular con la que estaba a mi lado, pero de algún modo me urgía salir antes Arranqué por Santa Fe, llena de gente que hablaba de moda y cosméticos y bebía cervezas sin saber que pocos minutos antes un grupo de cincuenta locos estaba escuchando una charla sobre viajes en el tiempo. La semana que viene, en el mismo horario (martes 19:00) y en el mismo lugar (Sociedad Científica Argentina, Av. Santa Fe 1145) habrá una charla sobre Partículas Subatómicas. El Navegante Solitario, si todo va bien, promete asistencia y comentario. *** Extraños meandros tiene el tiempo, distancias imposibles de medir: entre el apesadumbrado post de ayer y el de hoy distan mil años. Los ojos que imagino fijos en mí cuando cierro los ojos, están congelados en el futuro. El gorrión vuela en la noche que aún no cayó, bajo estrellas aún desconocidas.

lunes, octubre 17, 2005

Día peronista

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El sol brilla y ya empiezan a florecer los jazmines invisibles. La gente sonríe y te dice "qué lindo día, no". Los chicos son chispas de luz en las veredas. Todo el mundo está contento. Y yo no. Sigo arrastrando este cuerpo inútil por la vida, sabiendo cómo resolver una ecuación de números complejos pero desconociendo el funcionamiento de la sociedad. Tengo 36 años sobre mis espaldas y estoy cargado de angustias adolescentes. Ya no sé qué hacer. Pienso en uno de mis ídolos, Kurt Cobain, y me estremezco. Lo peor es que sé que el mundo es un lugar lleno de tesoros por descubrir. Y a veces, como hoy, no tengo ganas de intentarlo. Sigo esperando el llamado de los gorriones, pero vuelan cada vez más lejos.

sábado, octubre 15, 2005

Paperback Writer

A pedido del público en el blog amigo Principio de Incertidumbre, decidí poner a disposición de todo aquel que se anime mi primer novela. Esta historia arrancó en 1998, como novela juvenil para un concurso de la Editorial Colihue. No pasó nada; el original entregado tenía demasiados errores de tipeo, debido a la premura con que fue armado, y de todos modos había que corregir unas cuantas cosas de la historia. Tiempo después, con el fin de apuntarme al certamen de Clarín, el texto fue ampliado. Tampoco hubo resultados. El año pasado en ocasión de un tercer concurso literario sufrío la última corrección. Se imaginarán el resultado. En fin. Le tengo mucho cariño a estas páginas que invito a recorrer. Fue mi primer incursión en el género, y la historia pasó por muchas idas y vueltas hasta llegar aquí, a mi blog. El archivo está acá. Que lo disfruten, o lo sufran. *** Gorrión diminuto aletea en mis sueños lúcidos.

viernes, octubre 14, 2005

Retratos

El domingo pasado estuvimos con Abril en la misma plaza de siempre, en el centro de City Bell. La tarde era maravillosa. Jugamos y nos tiramos en el pasto a disfrutar del sólo hecho de existir y de tenernos. Primero se recostó en mi regazo. Luego fue a juntar piedritas y me trajo plumas de un pájaro muerto. Luego me pidió papel y una lapicera y se puso a dibujar. Y terminó haciendo mi retrato. Éste soy yo a los ojos de mi hija. Abril, Abril Aimée, Abril Aimée Metayer, heredera del mundo, no podría amarte más: no cabe en un corazón humano.

lunes, octubre 10, 2005

La noche que la luna salió tarde

14 horas. Aquí, El Triste, cada vez más Triste, desde la soledad del tren Constitución - Bosques - Temperley, de nuevo con el corazón partío. La tarde es espléndida. La luz hace firuletes al pasar por los agujeros del techo de Constitución. Corre una brisa muy suave y las libélulas se fueron a dormir: no hay pronóstico de lluvia. Encontré en un asiento el número 634 del Semanario de Berazategui, revistita de la Asociación de Católicos Laicos. Allí me topé con una nota dedicada a desentrañar los mensajes subliminales en las canciones de Piñón Fijo. De este modo, cuando en "El Twist del Mono Liso" dice "la llevaba en su jaulita", pasado al revés resulta "ni la cruz se va a besar". Hay más ejemplos que me cuesta transcribir. El tren está por salir. Estoy un poco mareado, no he dormido bien. La vida es terrible, es hermosa. Yo, el Navegante Solitario, con una morsa apretándome el pecho, y me encuentro esta revista, y el sol explota en las ventanillas, y hasta el olor a betún de las vías me parece bello. (Miro mi celular cada cinco minutos esperando un mensaje que no llega, el canto de un gorrión lejano). En mi bolso llevo los relatos oníricos de Randolph Carter, otro viajero solitario. Lovecraft sabía bien lo que era soñar. ¿Recuerda, sir Zaaar?
Me tumbé en el suelo sólo para oir crecer la hierba y hasta mí vinieron todos los sonidos de la tierra. Escuché a los insectos en sus mil rituales y las plegarias que cayeron del cielo ¡Quién sabe! si haciendo espirales... La noche que la luna salió tarde. Me tumbé en el suelo sólo para oir crecer la hierba esperando un sueño que como un enjambre me envolviera y que me hiciera oir las rimas de antiguos romances pero sólo oí llorar a los que fueron amantes un sólo instante... La noche que la luna salió tarde la noche que la luna salió tarde. Me tumbé en el suelo sólo para oir crecer la hierba y escuché más cosas, muchas más de las que yo quisiera: El sonido de tus lágrimas al derramarse el eco de tus pasos al alejarte y el tiempo pararse... La noche que la luna salió tarde la noche que la luna salió tarde
Del desaparecido grupo español 091. La versión que yo conocía es de Amaral. Gorrión diminuto aletea en mis sueños lúcidos.

sábado, octubre 08, 2005

Devociones

Como bien saben los lectores constantes del blog, hace rato que tenía la idea de una excursión a Luján, atraído por el kitsch religioso y la arquitectura de la imnensa basílica. Después de idas y venidas, decidí concretar el viaje para el sábado primero de octubre. Tomé el tren en Once a las 11:02. Debía bajar en Moreno para hacer la combinación con el tren 2713 que rumbea para Mercedes. Hasta ahí, fenómeno. Pero a la altura de Ciudadela, vi que la avenida Rivadavia estaba cortada, y mucha gente caminaba por ella. Gente con banderas, bastones, imágenes de la Virgen de Luján... Ahí me di cuenta de que justo había elegido para hacer miniturismo ¡el día de la peregrinación! Juro que fue coincidencia. Por supuesto, el 2713 era un pandemonium. Muy difícil ubicarse en cualquier lado. Me puse a hablar con una chica que estudia en la Universidad de Luján y me dijo que: “generalmente este tren va vacío” y “elegiste el peor día para ir de visita”. (Ella después se bajaría antes de la partida del tren). Llegamos a la estación con apenas diez minutos de retraso. Ahí me enteré de que la basílica estaba como a veinte cuadras. Había que caminar nomás. Munido de una Coca de 600 cm3 (tales botellitas estaban por todos lados, asumo que en cualquier momento dicha marca auspiciaría la procesión), me puse en marcha. Luján es una ciudad de casas bajas, que permiten al sol caer impiadoso sobre el desprevenido paseante. Y de golpe sobre la línea de los techos, las torres. El corazón me dio un vuelco. Llegué, levanté la cabeza y ahí estaba. Desde el nivel del suelo da vértigo y tortícolis. Noten que al pie de la imagen hay cuatro gárgolas. Según el material turístico oficial, representan la huida del Demonio de la casa de Dios. Todos las hemos visto en las catedrales góticas. Pero pocos le han sacado partido como los dueños de esta parrilla. La ciudad estaba llena de peregrinos. Casi todos andaban arrastrando los pies, o rengueando, o apoyándose en un bastón. La venta de curitas y pomadas chinas debe crecer astronómicamente este día. Después de admirar el exterior de la basílica ( por cierto, parece mucho más antigua que la Catedral de La Plata, cuando se llevan pocos años), entré. Habían corrido los bancos de la nave principal para dejar entrar más gente. Al camarín de la Virgen (el lugar donde está guardada la famosa imagen que los bueyes no podían mover) se llega dando la vuelta detrás del altar. Di unas vueltas y me encontré con esto: He visto exvotos (agradecimientos de fieles) en muchos muros externos, pero nunca en el interior de una iglesia y menos integrados a la arquitectura de esta manera. Me sorprendió sobremanera. Todo el interior del ábside está lleno de ellos. Salí de nuevo al sol, hacia la plaza que está enfrente. donde se apiñaban los peregrinos. Yo reconozco que soy un ateo convencido, pero me emocionan ciertas cosas, quizás por no poder entenderlas. Como el caso de este muchacho; quién sabe qué promesa traía desde tan lejos. Miré a mi alrededor. El sábado, el único canal transmitiendo en directo era Canal 7. Les presento el camión de exteriores, última generación tecnológica. Por supuesto, lo primero que salta a la vista en la plaza, y en toda la ciudad, son los puestos de kitsch religioso. Sí, es cierto, Jesús echó a patadas a los mercaderes del templo, pero igual todo esto me fascina. (Mis amigos, pobres, ya me han soportado en este sentido): Son juguetes que deberían transportarnos hasta Dios. El rosario: una máquina de rezar, análogo a los cilindros de oraciones tibetanos. Y claro. Esta foto no podía faltar. Señoras, señores, desde la plaza, un plano general del frente de la basílica. Bienvenidos a la imagen. Ahí nomás, a pocos metros, está el Complejo Museográfico Enrique Udaondo. Está dividido en dos museos: de Transportes y Colonial. Entré a ambos. En el Museo del Transporte muchas maravillas vi: la Porteña (primer locomotora); el hidroavión Plus Ultra, que fue el primer avión en cruzar sin escalas el océano atlántico; carrozas fúnebres del siglo XIX; el Papamóvil que usó Juan Pablo II en su visita de 1987; y mucho más. Pero se me hizo un nudo en la garganta y me corrió un sudor frío por la espalda cuando vi esto: Se trata del Lehg I, el primer velero de Vito Dumas, el original Navegante Solitario. Con esta cáscara de nuez, el tipo dio la vuelta al mundo solo, por los Cuarenta Bramadores (paralelo 40º sur) y en sentido contrario a los vientos dominantes. Por esto, los marinos contemporáneos afirman que hizo un pacto con Mandinga, y evitan nombrarlo: es yeta. Seguí viaje al otro Museo. Allí se reproducen escenas de la vida colonial con muñecos de cera, que poseen una analogía de vida inquietante. Miren si no esta sala. No me quedaría de noche aquí solo... Los perfumes de las flores eran más que el aire. Una maravilla. Pasó más de una hora antes de que quisiera salir. Rumbeé para el río Luján. Bordeando la ribera hay unas barrancas con restaurantes y más negocios. En uno de ellos, casi de casualidad, di con esta belleza. Una gitana electromecánica, que cuando se le pone una ficha se mueve para tomar una tarjeta del destino. Me quedé embobado mirándola y por supuesto que tengo una de esas tarjetas. La propietaria me contó que el muñeco tenía más de 80 años, que había dado vueltas por toda la Argentina y que hacía unos 20 que se había quedado en Luján. Crucé uno de los puentes sobre el río. El día era asombrosamente bello. Me llegué hasta un parque que hay del otro lado. Mientras comía un pancho, feliz almuerzo del Navegante, me seguían asaltando las imágenes. Luego hice algo que deseaba desde muy chico. Subir a la aerosilla. Primero hay que afrontar unos cincuenta escalones en espiral. Luego, después de pagar, a uno lo ubican en una marca del piso y la silla viene despacio por atrás. Se sienta, lo acomodan, traban el seguro (todo esto en movimiento) y afuera. Y me descubrí colgado, suspendido sobre decenas de metros de aire. Fue uno de los momentos más hermosos del día: se me vinieron a la cabeza todos los sueños lúcidos en los que suelo volar jubiloso. ¿Ven mi sombra a la izquierda? Llegué al otro lado. Y el flaco de la boletería (“¿viniste caminando? Ah, en tren. ¿Cómo? ¿Viniste solo?”) accedió a tomarme esta foto, que cierra mis aventuras de hoy. He aquí al Navegante, con remera de los FabFour, a sus espaldas el ábside de la basílica. La vuelta fue aburrida y cansadora. Lo mejor fue pasar por la plaza del centro de Luján, llena de pérgolas con glicinas que de todos modos no pude disfrutar porque sólo tenía en la cabeza no perder el tren. Igual esperé una hora en la estación. Y volví. *** (Mensaje en clave: Principio, nuestra locura es una burbuja que no nos aísla.)

lunes, octubre 03, 2005

Interludio

Entre el relato de un viaje y el relato de otro, siempre queda tiempo para detenerme y mirar cómo crece la mujer que más amo. Agarrarse con las manos, dejarse caer, levantar un pie, el otro, tomarse con las corvas, mirar hacia arriba, sonreírme. Sonreírme. Lo demás que pasó en el día es un borroso recuerdo.

martes, septiembre 27, 2005

De vuelta, no sin nostalgia

Varios días después de lo prometido (el fin de semana vino complicado), aquí está, por fin, la culminación de mis aventuras en los pagos del Azul. Les había dicho que esa mañana, la del viernes 23 de septiembre, no llovía. Bueno, cuando salí del ciber sí llovía. Anduve por la Municipalidad para averiguar algo del ingeniero Salamone y sus obras, pero casi no había información. De todos modos pasé un par de horas agradables con la encargada del archivo, la señora Norma Binzuña, que tuvo la amabilidad de alcanzarme caja tras caja de viejos documentos que yo revisaba con ahínco. Luego almorzamos en la casa de Nazareth, donde conocí a dos fantásticas personas: sus padres. El papá es un conocido escribano y la mamá es directora de la Biblioteca Bartolomé J. Ronco. Me divertí muchísimo con ellos, me mostraron una parva de fotos antiguas de la ciudad... y comí infinidad de cosas, lo que fue coronado por exquisitas conservas caseras. (Si me quedaba un par de días más aumentaba diez kilos, seguro). Después del almuerzo, por fin, fuimos al lugar que todos ustedes quieren ver: el Cementerio. Aquí está el famoso portal diseñado por Francisco Salamone. Los lugareños llaman a esta imagen el Ángel de la Muerte, o Exterminador. Yo lo veo más cercano a la idea del Guardián del Umbral, como el Ángel que velaba con su espada de fuego la entrada del Paraíso. Esta es la parte de atrás. Como en Laprida, la obra es integral y no sólo una fachada. Una vez dentro, vi que la simbología es la clásica: relojes de arena con alas, antorchas invertidas, ángeles y Cristos. Pero lo que me llamó la atención es la cantidad de veces que aparece la calavera, con o sin tibias cruzadas. En particular me gustó ésta, con dos serpientes entrelazadas (cfr. el cayado de Esculapio / Hermes). Al costado del cementerio principal está el de Disidentes (del mismo modo que los cementerios Británico y Alemán bordean el de la Chacarita en Buenos Aires). Es un lugar con una paz sobrecogedora. El camposanto es enorme, mucho más de lo que me pareció cuando lo vi en un plazo de Azul. Aquí me subí a una escalera de madera y tomé un panorama del sector de “tierra”. La chica de espaldas, mi bella guía, Nazareth. A la derecha se ve la montaña de barro de una tumba recién cavada. Chusmeando entre las lápidas, se nos apareció este ilustre precursor de mi Pseudónimo. Además, la foto que pusieron es muy linda. Vaya un saludo para el amigo Triste. Las siete tumbas de Mateo Banks. Estábamos buscándolas y no podíamos ubicarlas. Le preguntamos a un cuidador y de inmediato, como quien está acostumbrado a ese menester, nos llevó hasta allí. Hay mucho Art Déco en Azul, pero casi nada en el Cementerio, lo que me extrañó. Lo más representativo que encontré fue este hermoso mausoleo. Me pregunto si Salamone habrá tenido algo que ver. Miren este detalle de la puerta. Salimos y fuimos al Matadero. La información que yo tenía, basada en Clarín y Página/12, afirmaba que allí había un hogar de perros abandonados. Lo que es escribir desde una oficina: el hogar estuvo siempre en un terreno a cien metros, y en el Matadero se está produciendo miel y otros productos de apicultura. Y ahora, mi descubrimiento. En una esquina de la ciudad, a donde fuimos orientados por la mamá de Nazareth, hay una casa particular de Salamone. Es de un estilo sencillo (se parece a la casa que Andrés Kalnay construyó al lado de la casa Curutchet, en La Plata) y geometrizante, en el que predominan las líneas curvas. En ningún lado vi documentada la existencia de este edificio, por lo que presumo que habrá más. (¿Cuándo habrá tenido tiempo Salamone para esto?). Luego, con el crepúsculo besándonos la nuca como lenguas de fuego, nos llegamos hasta la entrada del Parque Sarmiento. El ingeniero también dejó sus huellas aquí. Nazareth me señaló el parecido de estas columnas con la municipalidad de Laprida. A la noche, antes de la cena (que fue tan abundante como el almuerzo), fui presentado a la mascota de la casa, un inmenso pavo blanco. Mi último paseo fue, de nuevo el Cementerio. Esta vez sí me animé a tomar fotos con flash. El Ángel sigue impresionando. Y finalmente fuimos hasta la ruta 3, donde hay un Cristo Redentor que también es de Salamone. De lejos no me lo había parecido, pero al acercarme vi que es igual (salvo en la escala, claro) al de la entrada del cementerio de Laprida. Lo demás fue despedirnos, esperar dos horas el tren bajo las heladas estrellas de Azul (mientras en Buenos Aires se derramaban océanos), dormir un poco, llegar a Constitución, etcétera. Pienso, espero, anhelo, volver a Azul.
***
Aparte: ayer leí esto en la última Ñ, que compré de casualidad: “Hay un pequeño balcón ahí fuera, la puerta está abierta y veo las luces de los coches en la Harbor Freeway, hacia el sur, nunca se detienen, ese flujo de luces, sin principio ni fin. Toda esa gente. ¿Qué hace? ¿Qué piensa? Todos vamos a morir, todos nosotros, ¡menudo circo! Debería bastar con eso para que nos amáramos unos a otros, pero no es así. Nos aterrorizan y aplastan las trivialidades, nos devora la nada.” Es de Charles Bukowksky, de su libro “El capitán se fue a comer y los marineros tomaron el barco”. Es tan parecido a lo que yo siento que al leerlo un escalofrío me bajó por la espalda. ¿Qué opinan? Besos (y espero que me perdones, Nazareth, por poner tu foto).

viernes, septiembre 23, 2005

Desde Azul

(Actualización del martes 27). Para que se ubiquen, en este mapa aparece mi recorrido ferroviario: 300 kilómetros de rieles desde Constitución hasta Azul. Heme aquí, a las once menos diez de la mañana, en un ciber del pueblo. El día está pesado, pero no llueve, que era lo que temía. Me he deslumbrado con Azul. Es una mezcla extraordinaria de modernidad y conservación. Hay edificios antiguos muy llamativos y torres que no desentonarían en el centro de La Plata. En su conjunto me parece muy diferente a Laprida, donde las casas bajas son el distintivo de la arquitectura. Lo que sí he notado es que todo el mundo es muy amable... aunque el hecho de ser turista, y periodista, te juega a favor, claro. Llegué anoche a las doce y media. Me estaba esperando una chica del pueblo que había contactado por Internet, buscando alojamiento. Nazareth (tal su bello nombre) me llevó a dar una vuelta por Azul y, finalmente, nos llegamos a la entrada del cementerio. Me bajé del auto y caminé bajo la noche caliginosa aunque estrellada. Fue abrumador. Confirmó mi opinión de que Salamone es uno de los arquitectos argentinos más importantes, y de que su obra es un delirio. Esta tarde volveremos; tendré las fotos para ese entonces. (Anoche estaba muy oscuro para mi pobre BenQ...) De todos modos aquí están las primeras imágenes. La plaza es fascinante por el piso, hecho de baldosas romboidales que combinadas forman un extraño efecto óptico. Me mareó, reconozco, aunque Nazareth no lo podía creer. Salamone, precursor del op art. Image Hosted by ImageShack.us También diseñó las farolas y los bancos de la plaza. Image Hosted by ImageShack.us Hay mucho Art Déco en Azul, y casi nada de Art Nouveau. Image Hosted by ImageShack.us No todo es arquitectura. En el partido de Azul sucedió, en abril de 1922, uno de los crímenes más impresionantes de la crónica roja nacional: Mateo Banks, un estanciero arruinado, mató a toda su familia (toda, incluyendo hermano, sobrina, hija, etc.), amén de despachar un par de peones, para cobrar la herencia. La memoria del hecho es parte del imaginario popular de la ciudad. Ésta es la casa en Azul de Mateocho (apodo basado en el número de crímenes), convenientemente ubicada frente a una escuela. Image Hosted by ImageShack.us Al parecer sólo viven allí unos perros negros muy simpáticos, que se dejaron acariciar moviendo la cola. ¿Almas de...? Image Hosted by ImageShack.us *** Más noticias, mañana.